sábado, 21 de noviembre de 2020

LA BEATA QUINTINA

 

 

Cuento por Nicolás Jiménez Mendoza

 

La señorita Robayo vivía en el barrio de La recoleta, en la calle Maldonado, decía que la casa era la misma donde nacieron ella y sus hermanos. Ahora ocupa parte del segundo piso con su hermana Lucrecia, casada con don Edison Hinojosa y Yépez, noble por padre y madre, dueños de haciendas por Quinsapicha, pero sin hijos, decían que era culpa de ella, porque se le conocían hijos ilegítimos a don Édison, por lo menos, en la mujer del carpintero Rengifo y en la cuñada de Guillermina Rodríguez. Se supo que las malas lenguas llamaban a las hermanas “la mula blanca y la mula negra”, porque ambas serían estériles.

La señorita Ana Quintina Robayo Mena, que así constaban sus nombres completos, era pequeña, morena, con el pelo corto y lacio, debía tener atributos femeninos de toda mujer, pero ella parecía querer disimularlos enfundándose en ternos estilo sastre de corte militar, flojos y chorreados, o abrigos espesos y largos, con cuellos altos. Mientras que Lucrecia era flaca pero blanca,  de movimientos imprecisos, tembleque, y se avergonzaba de serlo, cuando trabajó en el museo, ordenando y aseando piezas de la reserva, se quedaba al último para cobrar el sueldo a fin de que no la vieran firmar con mano temblorosa.

La casa que habían heredado tenía dos patios, en el de adelante vivían las dueñas, en el piso de arriba, donde también había dos pares de piezas con puerta al corredor, que arrendaban a gente escogida, en el piso bajo del primer patio había nueve piezas de arriendo, inclusive dos locales con puerta a la calle donde tenían talleres de sastrería, el Manuel Montaquiza, que hacía y arreglaba uniformes militares, y de carpintería el maestro Alfredo Carrión. En el patio de atrás arrendaban unas piezas altas, que parecían pajarera, a los Gallardos y abajo estaban la letrina que servía a todo el piso, a la que se llegaba por un pasadizo angosto, el cuarto de la leña y el cuarto de la Concha, una cretina que servía de guardiana y portera del servicio higiénico y tenía cuatro gatos.

La señorita Quintina pertenecía a la Acción Social Católica, cuyo núcleo en la parroquia La Recoleta funcionaba en el Convento del Buen Pastor, que tenía una Capilla detrás de una gran muralla y frente a una plaza amplia con una fea escultura en piedra que se decía era el Buen Pastor, en el centro. También funcionaba ahí el despacho del cura, Gaspar Egas Donoso O.P. La señorita Quintina era infaltable en la misa de las 7 de la mañana, se deslizaba con pasos cortos y rápidos, por la calle Maldonado, a veces con mantilla negra y las manos frotándose entre sí por el frío, en ocasiones por la fina lluvia quiteña impertinente y pertinaz. Taconea al caminar porque usa zapatos con tacón medio pero grueso; cuando camina por el corredor de madera, en la casa, la escuchan hasta los vecinos. Con frecuencia va por ese corredor regando las macetas grandes, verdes, labradas, antiguas, con su colección de quince variedades de geranios.

Cuando la señorita Quintina cumplió cuarenta y dos años de edad ya era presidenta de la Acción Social Católica de la parroquia, sus compañeras en esa labor, antiguas amigas, alguna desde el colegio, eran Guillermina Rodríguez, Guillermina Durán, Fredia Poveda, Luisa Franco y Marujita Prado, todas maduras, de edades cercanas a la de la señorita Quintina. Trabajaban en consejería a las alumnas, todavía el Buen Pastor tenía restos de la institución correccional que fue en su origen, en tiempos de García Moreno, encargada de educar y reformar a jóvenes descarriadas. La señorita Quintina conoció ahí a una chica muy bonita a quién llevó al internado del Buen Pastor el padre López desde la Misión en Pastaza, Zobeida Maridueña,  que estaba acabando con los matrimonios cristianos con sus técnicas que ella llamaba “Shuarse Kus“ y Des viels buterflais“  que aprendió de unas prostitutas alemanas que trabajaron ocasionalmente en esa ciudad. Todos decían que el cura tenía de una de sus amantes a Zobeida, pero a la señorita Quintina no le importaba, se amistó con la chica y le fomentó el gusto por los aplanchados de leche con galletas de vainilla.

Se decía que el padre López Donoso se alcanzaba para todas las chicas de la Acción Social, su favorita, entre ellas, habría sido Marujita Prado, morena llenita y con rica madurez. Además, Marujita se distinguía por ser coqueta y nalga suelta, como decían las malas lenguas. Aparte de la consejerías, la Acción Social tenía a cargo la enseñanza del catecismo a los niños pobres que iban a escuelas laicas, y la preparación para la primera comunión que se hacía en mayo. Por último, la Acción Social de la parroquia se encargaba de distribuir entre los necesitados los alimentos que donaba la AID, o sean lo que regalaban los gringos por propaganda de su país y de su presidente Kennedy, eran botes de aproximadamente un galón, conteniendo sémola, trigo, arroz y maíz triturados y granulados, que eran nuevos aquí y servían para hacer papillas y sopas, en otras latas había leche en polvo y en otras quesos semimadurados. Porque a la señorita Quintina le regalaba, el padre López, mayores cantidades de esos alimentos y en especial el queso, del que llegaba a reunir hasta doce tarros, y gustaba especialmente y comía tanto que le hacía estragos en la digestión.

No todos sabían cómo se llamaba la sencilla, piadosa y caritativa mujer, pero todos quienes la habían visto se referían a ella como la beata, y a las  compañeras les decían igual, eran las beatas del barrio. Nunca se supo que ellas practicaran las penitencias que santificaban a las mujeres subidas al altar, ni en sueños se les habría ocurrido ponerse silicios en las piernas, ni darse quemazones con la plancha, ni azotes con una correa. No estamos neuróticas, quizás habrían dicho ellas, a quien les preguntara si ejercían ese tipo de santificación, tampoco habían visto demonios en forma de tipos desnudos que las invitaban a la perdición, no se habían privado de nada, se conocían mutuamente los amantes, unos reales y otros imaginados pero muy posibles para cada una. Con el grupo de acción hacían caridad a los huérfanos, daban lecciones a los niños para que se nivelaran con los cursos escolares, ayudaban a los enfermos conocidos o recomendados, visitaban a los presos, esposos de mujeres pobres, que habían caído por escándalo público o deudas en la tienda.

La señorita Quintina hacía todo ese trabajo aparte y por su cuenta, en su casa, en el barrio y hasta en el Centro de la ciudad, a donde iba unas veces a la Tercera Orden de San Francisco para atender a unos pobres y pagar cuotas para el teatro franciscano y asistir a sus presentaciones. Era golosa, tenía caserías que le proveían de manjar blanco, aplanchados de leche, confites de miel de abeja, delicados, galletas de vainilla y raspadura amelcochada. No era pues una mujer ejemplar, casada con hijos y esposo a quienes cuidar, nada tenía de la santidad anoréxica y solitaria de la beatitud clásica. Tampoco pertenecía al grupo de mujeres de cuerpos puros que no habían conocido el gozo del pecado carnal. La señorita Quintina y sus compañeras eran como las voluntarias que le quedaban a la Iglesia para hacer los servicios seglares, la nobleza que incluía la alta beatitud y santidad ya no existía o no aparecía más. Estas beatas lo eran en la vida ordinaria, en la vida de barrio, allí respetadas y hasta admiradas y también siendo materia de burla y escarnio.

La señorita Quintina no tenía esposo ni hijos, ni quería tenerlos, pero tenía inquilinos a quienes pastorear y vecinos de un populoso barrio donde la pobreza afectaba a la mayoría y donde buena parte de los que pertenecían a la clase media baja, empleados de ministerio, dependientes de almacenes de judíos y árabes, sufrían por escasez de dinero, alcoholismo y falta de alimentación, no solamente iguales y peores de los que afectaban a la clase baja sino, además, vergonzantes, el fingir una posición económica solvente, cuando en realidad era calamitosa y endeudada, les producía un sufrimiento muy grande. La señorita Quintina tenía una libreta donde apuntaba los préstamos que hacía, y los apuntaba en vano, casi siempre, tenía registros de préstamos de hace siete años.

Tenía dos hermanos varones, uno vivía en Jipijapa y otro en el centro de la ciudad pero nunca la visitaban, ni la señorita Quintina iba a verlos, quien si iba donde ella muy seguido era su sobrino Vicente al que llamaba mi Negrito Viche, al que agasajaba con sus manjares, incluido el queso de la AID que le encantaba. Ese sobrino que iba el rato menos pensado fue testigo de que la señorita Quintina recibía en su dormitorio y en su cama, bajo el Crucifijo atribuido a Sangurima, al carpintero Carrión. Fue al anochecer, Vicente iba a pedirle una moneda para pagar el bus para el Centro, tocó la puerta y la tía se demoró en abrir, cuando abrió, Vicente alcanzó a ver que el carpintero salía por la otra puerta; además, el dormitorio apestaba, seguramente el carpintero era sucio y olía mal. El mismo sobrino Vicente encontró, entre periódicos y revistas viejas que la tía guardaba en un mueble que llamaba la librería, una fotografía del sargento Morales, con uniforme militar que incluía botas y gorra, con la leyenda, al dorso “para que no te olvides de tu Pobre Negro”, por lo que el sobrino dedujo que el sargento Simón Morales, inquilino de dos piezas en el segundo piso, también se había acostado con la tía. Y, por último, la otra tía, la temblorosa Lucrecia, que no tenía agua en la boca, le contó a Vicente, que ya estaba maltoncito, que a su marido, de ella Lucrecia Robayo, don Édison Hinojosa y a su hermana Quintina, los trincó en la misma cama, la vez que tuvo calentura en el museo y pidió permiso para irse a la casa, allí estuvo don Édison lluchitico, peludo y medio colorado, como ella misma nunca lo había visto en su dormitorio, y la burra de la Quintina, despeinada, con el camisón de dormir alzado. O sea que la beatitud de la señorita Quintina no se fundaba en la pureza, pensaría el sobrino Vicente al que nada de eso hizo cambiar el cariño que sentía por la señorita Quintina, su tía. Además todos creían que le pagaba los quesos de la AID con alguna ofrenda sexual al padre Egas, el infatigable gozador de las hermanas de la Acción Social. Y decían que el zapatero Díaz, también; y el canijo de la papelería Aficiones, también.

Ellas no tienen un núcleo propio donde representar y ejecutar sus funciones, ni un hogar, ni un esposo, ni una familia las acoge y las controla. Las solteronas no pueden ser catalogadas como ángeles del hogar, y menos como ejemplares de belleza femenina. La señorita Quintina decía que nunca bailó, pero había sido infaltable en las fiestas y farras del grupo, para vigilar que la cuñada de Guillermina Rodríguez no se metiera al escusado, cuando había descuido general, a hacer cosas con un chulla; la mujer se aficionaba del primer guachafo peinado a la gomina y se metía a los escusados con él para hacer chiquichá, la señorita sacó a gritos a la pareja en un par de ocasiones. Se sentaba inmóvil con el terno estilo sastre más claro, los pies juntos, dándole sorbitos al vaso de Orangine, y con el ojo atento.

Aunque a la señorita Robayo le vieran algunos como beata, peyorativamente, no dejaban de pedirle favores y cuando necesitaban algo, la primera que se les venía a la mente era la beata. Quien sino ella estaba lista para separar al sastre Montaquiza y a su mujer la Luzmila, que nunca peleaban, salvo las veces en que bebían juntos cantidades fenomenales de chicha y guarapo, entonces la enorme y follonuda Luzmila aporreaba al enclenque sastre, su marido, en una ocasión le abrió el cuero cabelludo con la plancha, llamaron a la policía, y la señorita Quintina tuvo que untarles unas ayoritas para que se fueran sin apresar a nadie, luego subió a traer alcohol, algodón y gasa para curar la herida del planchazo, retó a la mujerona y dejó al matrimonio para que durmiera la chuma.

La capilla del Buen Pastor tenía una sola nave y cúpula sobre el altar, recibía cada domingo, a las 07:00, a los feligreses que iban a misa. Las monjas, a través del tiempo, habían pintado flores y adornos y ángeles en los muros, la señorita Quintina rezaba arrodillada en su propio reclinatorio. Las gentes le encargaban pedir por tal o cual causa, y pronto se había hecho común saber que sus oraciones eran eficaces, ella decía que el Arcángel Miguel era su amigo personal y efectivo enviado de Dios para hacer favores de emergencia a los necesitados. Así como tenía una libreta donde apuntaba los préstamos que nunca iba a cobrar, tenía otra donde hacía constar los problemas de la gente para que la gracia y los ángeles los solucionaran, la mayoría era de conseguir dinero para llenar necesidades urgentes, pero algunos pedían conversión de hijos o padres, de hijas que se descarriaban y de maridos infieles, había muchos que pedían salud estando enfermos de tuberculosis, de úlceras estomacales, riñones podridos y cánceres en una y otra parte del cuerpo. Y decían las gentes que por oraciones de la beata se había producido la curación milagrosa de cánceres y tuberculosis, incluso de una lepra, también se habían producido conversiones milagrosas de maridos borrachos y jóvenes afeminados. En fin, una vez fue una mujer a darle las gracias porque su cáncer de seno había desaparecido y el milagro había hecho convertirse al doctor casposo y atolondrado que la había desahuciado.

Pero la gente habla nomás, se podría decir, si es que no se hubiera también manifestado la otra parte. Porque resulta que ya se habían curado de la atrofia muscular progresiva las patas del Casimiro, el hombrecito que patojísimo y descalzo barría los dos patios de la casa por cuanto le dejaban dormir en uno de los corredores bajos y guardar esteras y cobijas debajo de la escalera. Fue un milagro a la vista de todos, los inmensos pies sucios y costrosos se normalizaron y se frenó su enfermedad, que un especialista que le hizo exámenes en el San Juan de Dios diagnosticó: distrofia muscular degenerativa avanzada. En ese milagro no cabían los comadreos de “aquí puse y no aparece”, se produjo, lo vio todo el mundo y ya, en la fiesta por la fundación de Quito, el Casimiro bailó con sus patas lluchas de saurio, sanjuanitos zapateados, toda la noche. Pero también ocurrió que la señorita Quintina usando el hisopo del Hipólito, albañil propio de la casa que conocía la cubierta teja por teja y sabía calzarlas para suprimir las goteras que hacía el invierno y, aprovechando unas calciminas que habían sobrado, pintó la pared exterior del cuarto de la leña, con brochazos torpes y desiguales, aplicó la mezcla de dos colores con el blanco y ahí quedó la cosa. Pero cual no sería la sorpresa de los habitantes de la casa y luego de los vecinos que concurrían a ver el prodigio, en la pared del cuarto de la leña estaba la Virgen Inmaculada, no esbozada y como sombra, sino perfecta, con rostro precioso, su trono de nubes y la luna a sus pies. Llamaron a la señorita Quintina para que viera la imagen de la Virgen aparecida, ella bajó y no se inmutó, se arropó con la chalina a cuadros y subió a cuidar que no se le quemara la colada de haba que estaba cocinando.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




miércoles, 7 de octubre de 2020

La Generación, Relato testimonial

 

El autor en 1965 

                                    LA GENERACIÓN

                                     Relato testimonial

                               Nicolás Jiménez Mendoza.

 Quito era una aldea que casi se había hecho ciudad, comenzó a estar rebosante de chagras, provincianos, era la capital del país y la ciudad más hermosa del mundo. Antes de los años sesentas gobernaron el Ecuador conservadores (curuchupas): luego, en los sesentas: el Loco, el  Chumín, los gorilas, más curuchupas y ya en los setentas, más Loco y gorilas.  Las élites que manejaban a los políticos eran rezagos de los colonizadores, se decían nobles, tenían haciendas, pusieron bancos y negocios, eran el poder real: de la riqueza. Los de la generación 60 70, nacieron en las post guerras: mundial y nacional, las crisis locales correspondientes las vivieron intensa y extensamente. La historia de esa generación vive en la conciencia histórica del mundo, pero escondida bajo la versión oficial. Escribo este relato, que quiso ser un cuento, por amor a Quito, mi ciudad, que sin el capítulo de la generación conservaría su historia sólo imaginada, como otro Macondo. Antonio Méndez es mi personaje, no porque haya sido excepcional, sino porque fue de los que enfrentó, como tantos, las peripecias de la época y aportó a la vida de la ciudad el espíritu de la generación.  

Pude escoger a Petronilo Ramón, nacido en un pueblo serrano de diez mil habitantes, con mil quinientos abogados que ejercían su profesión. Juristas parapetados en locales como tiendas de barrio que no vendían chicharrón, ni tamales, ni cuyes asados del Valle, sino servicios legales a los que litigaban por haber sido mal vistos o por deudas de a sucre, no se consideraba respetable una familia que no litigara cuando menos en un juicio, aunque nomás fuese por la tierra bajo las uñas. En el pueblo no era exótico el nombre Petronilo, sus padres eran Petronila y Sigifredo, quienes tuvieron recursos para traer a su hijo a la capital, la Meca de los chagras, para que tuviera un futuro mejor. Feo y delgado, la mujer de Galo le decía “Cara de Pito”, apodo que le iba bien, de manera que todos le decían el Cara de pito Ramón. Cuando terminó el colegio, Petronilo prefirió, entre todas, la profesión de abogado y estudió en la Universidad Central, en vez de subirse a la ola a gogó y yeyé de los chicos modernos que encantaba a los provincianos, se dedicó al apostolado, en Quito consiguió prestigio, de católico y activista del cambio, fue de los jóvenes que se organizaron para dar cursillos de cristiandad y luego de política basada en la doctrina social de la Iglesia con la JUC. Se relacionó, vía correo, con grupos afines , en varios países, y así consiguió una beca para doctorarse en el exterior, valiéndose de recomendaciones nacionales e internacionales, consiguió esa beca para estudiar ¡abogacía! con una mezcla de sociología, en Alemania del Este. Cinco años estuvo allá, mientras que aquí se levantaba un proyecto de guerrilla urbana y conspiraban grupos marxistas y no marxistas contra la dictadura militar. Los muchachos se olvidaron de los cursillos y se dedicaron a adoctrinar a estudiantes, trabajadores y pobladores de suburbios. Cuando Petronilo volvió ya no tenía espacio entre los antiguos compañeros, así que hizo lo que hacen los doctores en materias impracticables, se dedicó a enseñar. Se acomodó en una facultad universitaria y allí enseñó el pensamiento obsoleto, versión partido comunista alemán, ocupó la famosa cátedra de “Realidad nacional” que era la aplicación del materialismo histórico en el análisis de la coyuntura, lo único que enseñaban los abogados y sociólogos marxistas, Petronilo hizo eso durante treinta y seis años.  Algunos diferencian, de aquel tiempo, lo social de lo político, pero no hubo tal cosa en general, un camarada era el pana y un pana era el camarada, Petronilo fue un pana, después, como tantos, quiso diferenciarse por el empleo, por la marca del terno, por el tamaño de la barriga o por si tenía mujer salchichón de Frankfurt o cholita de  Cariamanga, pero ya fue en otra era.

O a Nicanor, el hombre de juventud tardía, que arrastraba su cáncer, por cuyos dolores se quejaba con el permanente “ayayay, chucha”, mientras charlaba de sus seis hijos y la hija única que le salió con gustos cambiados. Era pobre en esa época en la que había escasez de todo, particularmente de alimentos, renunció a ser obrero textil, en la fábrica de los Pinto, para comprarse una máquina de hacer medias y calcetines que instaló en el Sur, del barrio obrero de Chimbacalle hacia arriba. Fue pastoreado desde joven por el “ver, juzgar y actuar” de la JOC y luego por el método de Paulo Freire. Casi todos habían sido de la JAC, JEC, JIC, JOC o JUC, o sea de las juventudes agrarias, estudiantiles, independientes, obreras o universitarias, católicas. Nicanor también estuvo en los cursillos, pero más adelante alentó invasiones a terrenos municipales por parte de gente sin vivienda, le gustaba tomar café con sánduches mixtos en el Café Brasil, invitado por los panas, allí hablaba mal de los hijos ingratos y después, se sabía, a los hijos les hablaba mal de los compañeros de cursillos y vagancia. Evocaba el rato menos esperado el rollo “Piedad” dicho por el gallego Gerino Casal con todo sobrenatural, o recomendaba la terapia de tomar la orina propia para curarse de casi todo.

O al Negro Gustavo, hijo de madre soltera, vecino de San Juan, quien estaba bastante sordo porque trabajó por años en una textilera manejando una ruidosa máquina, estudiaba el colegio nocturno cuando debía trabajar de día y continuaba en el diurno cuando le ubicaban en el turno de la noche en la fábrica. Llegó a licenciarse en leyes, se hizo sindicalista en el departamento legal, terminó siendo parte de los que dividieron en dos la central sindical controlada por la CIA, a una le hicieron socialista, con nuevos dirigentes. Sin que lo supieran sus amigos, se había adherido a una organización armada clandestina cuya acción final y definitiva, después de la cual desapareció, fue el secuestro de un empresario para obtener un rescate; no se consiguió, la organización mató al secuestrado; se supo que el Negro se negó a matarlo, pues le había correspondido hacerlo por sorteo, otro tuvo que ejecutarlo. Esa acción torpe y desorientada terminó con la disolución y represión de todos sus miembros de esa célula, no se supo ni cómo se llamó tal organización. El Negro fugó con otros compañeros del penal y había ido a parar a las filas del M19 en Colombia, allí lo apresaron y durante un supuesto traslado a este país, la policía colombiana lo desapareció. Por lo menos fue lo que todos creyeron, pero pronto hubo quien vio al Negro tomándose un pintado en el Café Brasil, o comiendo papas con cuero en la Alpahuasi, o jugando volley en El Ejido, o en una foto de Angola con una mujer carbón y unos negritos que aparentemente eran sus hijos, o bajando la cuesta más empinada de San Juan, o bailando Zorba el Griego que tanto le gustaba. lo veían en muchas partes porque lo querían mucho, no hubo otro como él, simpático, ocurrido, solidario compañero, linda persona.

O al Jesús Cazar. Ninguno tan perdidamente idealista como él. Durante años fue utilizado para actos anticomunistas por la CIA, sin saber de su servidumbre. Fue juramentado en ARNE, el remedo local de la Falange Española, sin dudar de ella un momento, era devoto a las jerarquías y confiaba ciegamente en ellas. Fue reclutado cuando llegó de su provincia andina, a estudiar leyes, con su único terno plomo oscuro, su camisa de cuello duro y su corbata roja que se fueron deshilachando hasta volverse transparentes. Algunos de los jefes debieron ser agentes, pero Jesús admiraba a Luna, Crespo, Gortaire,.. que no trabajaban y vivían bien bonito. Agee se ufanaba de que a principios de los años sesentas la CIA gobernaba el país o por lo menos “hacía que sucedieran todos los hechos importantes.” La agencia presionaba al gobierno de Velasco a que hiciera disparates, también al cardenal De la Torre, a quien le hicieron escribir pastorales diciendo que antes de la reivindicación del territorio nacional estaba la lucha anticomunista. La Agencia controlaba todos los partidos políticos con agentes pagados: conservador con Aurelio Dávila Cajas; liberal con varios incluido Manuel Córdova Galarza; partido velasquista con Baquero de la Calle, Alberto Acosta y Reinaldo Varea Donoso, ese Varea pedía aumento de sueldo a la agencia según estaba en puestos más altos, llegó a pagarle más de mil dólares mensuales cuando fue vicepresidente; partido Socialista con Manuel Naranjo. Hasta el partido comunista pro China se separó del ruso con tres o cuatro agentes incrustados en su Comité Central (Basantes, Cárdenas y Vargas). Las figuras políticas y las oligárquicas tenían a sus mejores cuadros en la CIA: empresarios: Cabeza de Baca, Ponce Yepes, Alarcón, Andino.  El Quito Tenis y Golf Club era una dependencia de la CIA controlada por el vivaracho agente Noland. Toda la prensa: El Comercio y Gustavo Salgado -el periodista de época-; los Rivadeneira: cinco hermanos basquetbolistas de la Salle recibieron una imprenta de la CIA para que hicieran acción anticomunista. Había agentes pagados entre los altos mandos de la milicia y de la policía: Paredes, Lugo, De los Reyes, Gándara, etc.   Jesús formó parte de los equipos de brega, de contramanifestaciones a los comunistas, reparto de hojas sueltas, pintadas en paredes, colocada de petardos en embajadas, domicilios y hoteles para amedrentar a los enemigos y exasperar a los tibios. Jesús se comía la camisa, tenía tarjeta de almuerzos de un sucre y veinticinco centavos por día, estaba anémico, flaco, cetrino y siempre hablando artificiosamente del ideal nacionalista y de la grandeza del destino nacional. Era religioso, se confesaba y comulgaba antes de un acto de servicio en el que se jugaría la vida. Era tan idealista que nunca se preguntó ¿sus jefes de dónde obtenían recursos para gastar en campañas, armas, materiales, locales, cenas, viajes y juntas? Si por cuenta propia, en cuotas de afiliados, no levantaban más de doscientos sucres mensuales. Jesús fue otro náufrago enfrentando la tormenta de la historia, con valor y grandeza de espíritu.

O al Jimy Larco, el más tenorio de todos, con alto copete al estilo Elvis, de mediana estatura, sólido, con nariz aguileña. El quitarán de ahí de los chullas quiteños. Pertenecía a la clase de asalariados no obreros, sino administrativos y profesionales, o de micro empresarios. Manejaba buena plata, era empleado en la sección repuestos de una empresa automotriz.  También compraba a la empresa los carros de medio uso que entregaban los clientes como parte de pago de automóviles nuevos. Salió del empleo porque agredió al presidente, un prestigioso político, patojo y envejecido, padre del gerente quien había sido consentidor con Jimy porque lo acompañaba a juergas y cabareteos, pero no le quedó otra cosa que despedirlo porque había humillado al que “todos respetábamos al máximo”.  Jimy había almacenado, en su casa, cantidades enormes de piezas automotrices, sacadas de entre las que llegaban a la empresa de contrabando y quedaban fuera de la contabilidad. Jimy puso su propio almacén “Repuestos Orientales”, con el stock que tenía y se incrementaba con lo que de ahí mismo sacaban quienes lo sustituyeron en el cargo. Fue un éxito el negocio, pero Jimy quiso más, se asoció con el sobrino de un ex presidente de la República para un proyecto agrícola ganadero en el norte. Jimy adquirió una furiosa diabetes, se quedó ciego y el nieto del expresidente lo desplumó completamente.  Muy recordado en la ciudad, Jimy, porque preñó a tres chicas al mismo tiempo, prometiendo a cada una que se casaría; fueron: la tendera Aguirre, cuya mamá tenía venta de abarrotes frente a la casa de Jimy; otra, la robusta Gloria Cárdenas, secretaria del Punto IV, y la otra fue Lupe Andrade, cajera de un comercio de llantas. Jimy no se casó -al apuro- con ninguna de estas, sino con La Gata, que cómo se llamaba nadie recuerda, que había sido su novia desde la niñez y la había conservado virgen, así no podía atender las exigencias de matrimonio que le hacían las otras. Una vez casado, negoció pensiones con las tres mujeres, plata no le faltaba,  y todo siguió en paz y prosperidad.

O al Jairo Acevedo, del que nunca se supo su verdadero nombre. Mostraba una carta en la que supuestamente su mamá lo llamaba Charli. No era quiteño, decía ser bogotano. Según él había militado en el ELN de Colombia y lo perseguía la pesquisa por lo cual huyó al Ecuador, otros decían que, en efecto, fue del ELN pero lo pescaron y la CIA lo reclutó para fisgonear en Quito. Nunca dijo si había sido bachiller o estudiado en la universidad, pero aquí frecuentaba la Escuela de Sociología de la universidad pública, aparte de la cual sólo existía la Católica, donde confluía toda la izquierda universitaria. La gente a su alrededor, idealista, utópica y con valores, comenzó a ver a Jairo como el cuadro revolucionario por excelencia. Pero pronto diferentes grupos de izquierda recibieron noticias de que él era un agente de la inteligencia enemiga; era encantador, hasta las hermanas de Galo Méndez se enamoraron de él. Manejó un grupo de personajes de mala reputación entre los políticos, al Arrope Salas lo envió entre los chinos del PCML, al poeta Veintimilla al MIR, al Flaco Torres, a quien si no le sabían ladrón le conocían por pesquisa, lo infiltró en el ala del MPD presidida por el Corcho Cordero y con éste estuvo medrando y espiando en el municipio de Cuenca y luego en la Asamblea Constituyente, de la que fue presidente el Corcho, ahora parece que está de diplomático en el Canadá, el Flaco no deja de prosperar.  Entre los cristianos marxistas puso al Éstévez, conocido agente que se ufanaba en público de serlo. Acevedo bailaba bien, se portaba como militante disciplinado, comedido, solidario; pero una de sus supuestas víctimas lo identificó como informante de los torturadores porque éstos disponían de datos íntimos y personales que solamente los había confiado a él. Jairo Acevedo desapareció. La versión más contada fue que le dieron martillazos en la cabeza, unos dicen que por obra de sus patrones a quienes habría faltado de algún modo, otros dicen que fue venganza del ELN traicionado, otros que contrabandistas enemigos, porque, aunque parezca absurdo, en el gobierno socialdemócrata de los “lentejos”, lentos y pendejos, Acevedo llegó a ser alto funcionario de las aduanas.

O al Víctor Moreno, el “24 mil palabras” que no faltaba a los eventos culturales gratuitos, se lo encontraba en las presentaciones de la Orquesta Sinfónica Nacional, era de los pocos que iban a la luneta del Teatro Sucre, casi todos subían a la galería pues era necesario usar corbata para ir a luneta. Asistía a las inauguraciones de pintura porque invariablemente se brindaban allí vinos y bocadillos baratos, y algo era algo, estuvo en las de Bazante, Tejada, Moreno y los del VAN, de Jácome y cien más. Iba a los recitales del Grupo Caminos, oyó al Atahualpa Martínez, a Ana María Iza, a Euler Granda, a Rubén Astudillo, a Fernando Nieto, pero se salió en la mitad del recital de Julio Pazos, a quien encontró flojo y falseando el tono rebelde de la generación; no se perdía conferencias de eruditos, cualquier tema era tillos para él, estaba en las de arqueología y en las nosecuántas que los nuevos escritores dictaban sobre Montalvo u otro grande, dizqué para atraer gente y darse la importancia de yo hablo sobre lo grande. Pero también llegó a pagarse entradas, como para las funciones de teatro del Paco Tobar y del Fabio Pacchioni. Entraba a los cafés populares y se sentaba solo a tomar un tinto, caminaba por el centro de la ciudad y cuando se cruzaba con una mujer joven, paraba a los pocos pasos y giraba en 180 grados y emprendía la persecución. Lucía tres ternos bien planchados pero viejos, el más llamativo era un verde perico. No formaba parte de ninguna jorga, ni de partido político, ni de grupo alguno, pero fue conocido por todo el mundo, infaltable.

O al Andrés Giler, caminante de la ciudad, de elegante apariencia, ayudante de contabilidad en dos empresas gerenciadas por agentes norteamericanos, denunciados con nombres y apellidos por su excolega y jefe Phillip Agee, una distribuidora de lubricantes y otra de automóviles. Andrés odiaba la contabilidad, la oficina y a los dueños, pero no había tenido más que eso desde que su padre, don Tobías Giler lo dejara, en la oficina del amigo “Patón” Tobar, cuando era adolescente de quince años. Vivía en la perspectiva de la moral y buena vida de sus jefes, elegantes, respetados, modelos de caballerosidad y finura, ejemplos de decencia y éxito en la sociedad. Más tarde pensará que a ellos se debió su vida mediocre, la angustia de su supuesta inferioridad y la culpa del fracaso y la hipocresía inevitables en ese estilo de vida. Pero era un intelectual, estudiaba textos intrincados de filosofía, y leyó más a los nacionales de la década del 30, que todavía estaban vigentes: Palacio, De la Cuadra, Pareja, Aguilera, Salvador, Terán, Icaza, Gallegos Lara, etc. Lo original, le parecía,  estaba en los del boom latinoamericano. Hasta fue al Café 77, a los recitales de los Tzánzicos. Los Tzánzicos y el Frente Cultural Universitario fueron grupos de jóvenes con buena actitud política pero que no se destacaron como escritores hasta la década siguiente, en la década de los 70 la literatura ecuatoriana tomaría fuerza otra vez con Fernando Tinajero, Hernán Rodríguez, Abdón Ubidia, Iván Egüez, Vera, Dávila, Rubén Astudillo, etc. La ansiedad de Giler y su tormento conocieron la fatalidad de la cantina, bebiendo a diario frente a una rocola, ya entonado, salía a caminar por la ciudad, con el pecho florecido por la ilusión de que Quito era suya, la majestuosa y a la vez humilde urbe tenía mil formas de acogerlo en las noches, a veces con lluvia, a veces con lunas escandalosas. De “Las Canarias” que tenía todo el repertorio de los inmensos boleristas de la Sonora Matancera: Leo Marini, Celio González, Alberto Beltrán, Daniel Santos, Bienvenido Granda, Nelson Pinedo…,  salía al paisaje de San Blas, para volver a entrar al “Capri” y comer un seco de chivo y beber otra cerveza, para luego caminar hacia el Centro, despacio, por la Guayaquil, recordando las ventas que tuvo que hacer en el mercado barato, de junto a la iglesia, para tener con qué terminar la quincena, o a la foto perenne que se tomó en Almeida Jr. o a la violetera Sarita Montiel de la que estuvo enamorado su padre desde que la vio en el cine Alhambra y de pronto llegaba a La Plaza del Teatro Sucre, y lloraba por los amigos de la jorga que paraban por ahí, frente a la Botica Pichincha,  y se murieron jóvenes y ebrios, recordaba al chofer Villacís que era el mejor proveedor de mujeres no putas profesionales, y de que una vez le ofreció a la alemana, que era mitad manabita, y que la vio de tal manera dama respetable que pagó al Villacís pero no se acostó con esa conmovedora madre de familia. Y quizás, si le sobraba una plata, entraba en el Italia y comía un churrasco, subía con emoción la cuesta de San Agustín y ya se podía desviar hacía la Chilena donde él vivía, si topaba con la jorga del Fernández, hermano de la polla que estaba camelando, podía haber chivo. Una vez, Andrés contó que llegó a la Plaza de San Francisco, se metió en ella y no pudo salir sino mucho después, estuvo preso en recuerdos, olores, vistas prodigiosas y laberintos de sensaciones. Otras veces, salía del “Palatino” cuya rocola contaba con las canciones más buenas de Julio Jaramillo, Olimpo Cárdenas, Kike Vega…, y estaba en la Plaza de Santo Domingo, desde donde caminaba a La Alameda, pero por la Montúfar, parando en los Caldos de la Pedro Fermín Cevallos, para irse a dormir en un pastito del parque, hasta la madrugada.

O a la Mercedes Puente que nació en el campo y la trajeron de 18 años, luciendo la misma melena “príncipe valiente” con que morirá. Incansable, intervino en la Acción Católica, los cursillos y la JUC, terminó siendo empleada de la Conferencia Episcopal, en el departamento de familias. Era bajita, desabrida, un poco arisca pero llena de vida, no tenía tetas ni trasero pero sí mucha gracia, era amistosa con todos y en todo se metía. Los que quisieron tener amores con ella y por lo que fuera no los tuvieron, imaginaron que su estar siempre en las vanguardias se debió a que se trenzaba con los líderes, y así trepaba a la cresta de la ola. En la Conferencia Episcopal la hacían amante del cura jefe de sección, creo que se apellidaba Rojas, en Sociología la hicieron amante del profesor Castillo, gran jefe de los comunistas cabezones en la universidad y por declaración propia agente de la KGB, una vez los chinos le acusaron de agente y él respondió que sí lo era, porque los militantes de los partidos comunistas eran de hecho agentes de acción política de las respectivas agencias de inteligencia, si era de Rusia, eran agentes rusos, si de China, eran agentes chinos. A Mercedes le tocó vivir en una época super machista, en la que aún se creía que la mujer era moralmente superior al hombre, más de confiar, pero en en cuanto al intelecto y la ciencia no era igual, pero ella no sólo estudió sociología, se metió en filosofía, no era bonita pero tampoco estaba en la final de las feas de la Facultad en la cual, según el Flaco Dávila, empataban la Costales con “Descartes”, una señora cuyo nombre nadie recuerda y era idéntica al retrato clásico del filósofo. Allí, decían, Mercedes se trenzó con Galo Méndez, que era un duro de la Facultad, ella aceptaba que se acostó con él, mientras hacían campaña política en los pueblos del noroccidente de Pichincha, pero que solamente se acostaron juntos en tres ocasiones y no hicieron más, menos llegar a mayores; él decía que en la tercera vez cada uno se tiró una paja por su cuenta y a espaldas al otro. Se tenían santo respeto. Los que querían ver que ella tenía amores con los líderes confirmaron sus sospechas cuando Mercedes encontró un misionero gringo de orden norteamericana que vino a denunciar la acción imperialista encubierta de unas sectas religiosas y estaba aquí de gran protagonista, lo tomó de marido, pues la orden  a la que pertenecía era permisiva con los hermanos, no con los curas, y les dejaba casarse. De paso, Mercedes también se hizo misionera de esa orden extranjera.

O al Víctor Zarria que fue el diosnoquiera del cabarulo quiteño, era largo y peinado con raya al lado, usaba un abrigote con las solapas y el cuello levantados, un chulla o sea un pobre bien presentado. Estudiaba en el nocturno Quito y tenía un taller de electrotécnico en la calle Venezuela. Si uno quería que le fuera bien en los bajos fondos de la ciudad, tenía que preguntar a Víctor y, mejor todavía, hacerse acompañar por él. Su método para armar un programa era eficaz: invitaba al prospecto o a quienes él había detectado como pudientes a tomar cervezas, al conversar morboseaba, se refería al placer de las mujeres y citaba casos, proponía imaginar ricuras; cuando era tiempo, alguien en la mesa o él mismo proponía ir a cabaretear, pero antes preguntaba ¿cuánto tienes? porque las posibilidades eran varias, desde ir donde a uno lo trataban como a rey y si pedía lo más extremo había una preciosura que lo complacía, hasta ir por dos cebadas donde los Gavela del “Casa blanca” en la 24 de mayo, decir “ya vuelvo”, cruzar la calle y contratar una callejera, ir con ella a la pensión España, que quedaba ahí mismito, desocuparse y volver aliviado a terminar la cerveza. Era muy popular, decían que buena gente, convidaba con frecuencia y no le negaba un dato a nadie: dos fulanas del Villa Fabiola estaban con polilla. La Boris Zoila había contratado al Guanín para que sacara a los borrachos sin plata. La Azálea estaba riquísima y había vuelto a callejear. Tito Cortez estuvo en el 21, saliendo de Quito por la Vicentina hacia Guápulo, en una quinta antigua, y Fresia se acostó con él, ahora Fresia era la reina del lugar y cobraba el doble. La Frascos cayó en cana porque la trincaron ocupándose con dos menores al mismo tiempo en un zaguán frente al colegio Mejía. Llegaron dos colombianas jovencitas al Mirador, una de ella patojita. Donde están las mejores colombianas es en el Villa Magui, hay una negra grandota de Barranquilla. La Sanidad entró a la pensión España porque denunciaron que había mucho piojo. Asaltaron el Gavanachis, dice Buenaño el dueño, y se llevaron las prendas que dejaron los clientes, el locutor Vizcaíno perdió un Longines. En la pensión Madison están unas buenas pero caras, la pensión cobra mucho y la pueden pagar las que ganan harto. Mi negra Mericita vendrá en una semana o dos, trayéndose una prima, regia como ella, decía Víctor relamiéndose, llega al Riviera de la Vicentina. La Nancy que trabaja en El Internacional es la que hace mejor el vuelo de la mariposa, los futbolistas internacionales que van allá han organizado el campeonato que ganó Nancy. Los de bajada tienen encanto para los extranjeros, les gustan los dos focos rojos que hay en la ciudad, pero más les gusta el de la Necochea, de chiripa para ahí la Paca Cucalón. El matadero de La Potranca sigue peor, recién hubo navajazos. La Luzmila, madam que parece beata, tiene en chiquis una casita en la ciudadela Hermano Miguel, con tres monitas aseadas, pero no se puede bailar, no quiere que los vecinos oigan la música. En cuanto a precios, hay para todos, un polvo en la 24 de Mayo te vale una quina, uno en la villa alegre que abrió el Coracha, te cuesta sota, pero servicio completo y Rocío, secretaria de putería clandestina, es tan conocida que ejerce con máscara.

O al Gerardo Larrea. Nadie como el Gerardo podría representar lo particular de la generación en lo político. Era de los que creía que su compromiso era cambiar al mundo, hacerlo justo y feliz. Era de una familia de 12 hermanos, nació en Guayaquil, pero lo trasladaron a Quito por su firme propósito de ser universitario y sociólogo. Luchó contra la dictadura del 63 con el frente antidictatorial.  Nadie dudó, al verlo con su eterno saco largo y su gorra de visera, que sería quien lideraría el cambio revolucionario, motivando a la juventud a hacer que la universidad fuera factor de ese cambio.  Fue iniciador de la corriente cristianos por la liberación, concentrando ex miembros de movimientos apostólicos, ex democristianos, indígenas, sacerdotes, jóvenes de pastoral, con los que pretendía superar la crisis de dirección revolucionaria, a partir del debate y del trabajo político en las masas. Fue presidente de la Escuela de Sociología e impulsó un proceso de autogestión para racionalizar la enseñanza y desterrar la violencia interna en la universidad. Aglutinó a las izquierdas de la universidad, primero a las que no tenían organización partidista y desde esa instancia intentó la unidad de toda la izquierda universitaria, lo que fue un esfuerzo inútil ante la tozudez de los partidos que no se daban tregua entre ellos en su lucha estúpida y traicionera. Quienes le enfrentaron no fueron los liberales y conservadores, no, fueron el MIR, el partido socialista, el partido comunista cabezón pro Rusia y el partido comunista pro China. Lo importante en esa juventud, universitaria y no universitaria, que no hubo en el pasado ni habrá en el futuro, fue la confianza en que el compromiso cambiaría el mundo. La generación empató con las aspiraciones de la revolución cubana, el movimiento anticolonial, el fin de la guerra de Vietnam y el movimiento de los jóvenes franceses que culminó en Mayo del 68, también con la renovación de la Iglesia en el Concilio Vaticano II,  la praxis del Obispo de los Indios, la Teología de la Liberación, los cristianos por el Socialismo, las guerrillas, el ejemplo de Camilo Torres y el Frente del Pueblo, los Tupamaros, los Montoneros. Leían y seguían la línea de Fanon, del viejo profesor Sartre, de la teoría de la dependencia  y otras propuestas que refrescaban  el marxismo; junto al Conejo Velasco, a Agustín Cueva, a Alejandro Moreano, estudiaban también a Alfaro, Peralta, y Aguirre. Gerardo fue profesor universitario, vivió en su isla revolucionaria, inmerso en el mar de la generación, que en parte no lo conoció, pero fue admirado por quienes lo siguieron. Al fin ganó el sistema, en los setentas apareció el gorilismo que no tenía argumentos pero sí la brutalidad y el poder, fue el inicio del capitalismo financiero, bajo los Estados de Seguridad Nacional y el Plan Cóndor. 

Pero mi personaje es Antonio Méndez. Fue tercero entre seis hermanos, hijo de un empleado público, en una familia que podía comprar comida hasta el día diez de la quincena y el resto hacer sopa y colada con la venta de ropa usada y periódicos viejos recogidos en la cuadra, o empeñando algo. Se crió en un populoso barrio quiteño, fue a la escuela Espejo, al colegio San Andrés, con beca, a sociología en la Universidad Pública y finalmente a Economía, cuya carrera concluyó. Tuvo que trabajar desde los catorce, su padre le pidió a un radiotécnico amigo que lo tuviera en su taller y allí estuvo Antonio, casi un año, comprándole tintos al radiotécnico, ordenando la herramienta, aprendiendo a reparar, radios, planchas y tocadiscos, y aseando el local. Al radiotécnico lo llamaron a trabajar en la distribuidora de RCA Víctor y se fue allá llevando a su ayudante Antonio. Al principio a Antonio lo pusieron en el taller pero luego lo pasaron a ayudar en las ventas de mostrador. Entonces vivió Antonio una experiencia iniciática en la vida del comercio y la cultura, don Héctor Iza, propietario de la radiodifusora más conocida en la época, llegó a proponer a Antonio, con disimulo, que colocara una bombilla quemada, muy cara, como de sesenta sucres, en una caja de nueva y la dejara en la percha mientras él se llevaba la buena, a cambio le daría tres sucres. Antonio intimidado hizo lo que don Iza le exigía, así salió de la confianza en el sistema y quedó iniciado en la malicia que debe existir detrás de los pilares de la sociedad y el poder. Lo que ganaba en ese almacén era una insignificante mensualidad, su padre siguió buscándole un empleo mejor remunerado y consiguió que fuera al banco la Previsora. Fue el mensajero que sumaba a diario los cheques de otros bancos que habían sido depositados en La Previsora, balanceaba su total con el de los cajeros y transportaba físicamente los cheques a cada uno de los bancos de la ciudad donde se habían girado esos cheques depositados en La Previsora, para que se hicieran los respectivos créditos. Así de mecánico era por entonces el sistema. Antonio fue eficiente, buen compañero, por lo que lo llamaron a afiliarse al Sindicato de trabajadores, pronto hubo una huelga pidiendo mejoras y Antonio constaba entre los de la directiva del sindicato.

Pasó lo de siempre, en este sistema y en estos casos, La Previsora despidió a los dirigentes del sindicato, quebró la huelga y siguió como si nada. A Antonio lo despidieron, alguien influyente intercedió por él ante el gerente Falconí, quien respondió “quizás yo podría perdonar a un ladrón que robó para sus hijos, pero a un sindicalista jamás”. Antonio quedó vinculado a la CEDOC, el secretario general del sindicato de los trabajadores de La Previsora había sido Luis Cueva, quien pasó a ser empleado en el departamento de formación de esa central sindical, y envió a Antonio, muy joven, de instructor de sindicalismo a Tenguel, para que diera cursos a los trabajadores del banano. Recibió la asignación de ley para los sindicalistas despedidos, Antonio, con esa plata, hizo construir piezas adicionales en la casita de sus padres y costeó un paseo de él junto a su hermano mayor y el amigo Gustavo a la recién descubierta playa de Atacames, en la provincia de Esmeraldas, y se quedó sin medio centavo. Poco tiempo después, la familia y en especial su madre le exigían que aportara dinero para su manutención, pues él vivía en casa de sus padres, se sentía expulsado, sin tener trabajo ni recursos para su mantenimiento, estando en esa situación el Ejército llamó al servicio militar a los de su año. Antonio encontró esa forma de salir de casa y se enroló.

Antonio fue conscripto en una unidad de artillería situada en Libertad, provincia del Guayas. Recuerda al sargento Pisanán, pequeño y muy bruto, el encargado de sacarles la madre a los de su pelotón. Una vez, Antonio, por descuido puso el pie sobre el cañón, la pieza de artillería que tenía su pelotón, el sargento Pisanán lo descubrió y ordenó castigo para todos: tres vueltas a la loma a toda carrera, luego hizo que Antonio se arrodillara al frente del cañón y repitiera la oración que iba inventando: “perdón piecita linda por mi atrevimiento, te prometo no volver a pisarte en la vida” e hizo que Antonio besara la rueda del cañón.  La comida era mala e insuficiente pero con azufre, para producir en los conscriptos un aspecto de gordura, durante el año y más de servicio les dieron una sola parada de uniforme, que a los pocos meses ya estaba descolorida y harapienta, tenía parches con retazos de la camisa en todo el pantalón. A las salidas de fines de semana tenían, los conscriptos, que ir uniformados, Antonio viajaba a Guayaquil, a casa de unas tías que vivían en esa ciudad, se presentaba andrajoso, con fachas lamentables, y la situación de Antonio era más grave porque no solamente quedaba mal con las tías sino con una prima que a él le gustaba. En las fotografías de la jura de la bandera, aparece Antonio marcial hincado frente al estandarte, vistiendo esos harapos de uniforme. Le dieron la baja con el grado de artillero sargento de reserva.

Cuando volvió, su padre le había conseguido empleo en una cooperativa de ahorro, él trabajó ahí y fue a terminar los dos últimos años de bachillerato en un colegio nocturno. Estando en aquel colegio, Antonio escribió un ensayo sobre El Túnel de Ernesto Sábato, excelente, merecía la calificación máxima. Mientras tanto, acompañaba a los amigos y en especial a su hermano mayor en las cosas del momento que iban desde el apostolado laico de la Iglesia Católica, los estudios, hasta las chupas, politiquerías, bailoteos y broncas. Su hermano mayor que se sentía seguro teniéndolo a su lado estaba envidiosillo de que al menor le creyeran más que a él en todo lado, y era porque Antonio era atinado, leal y formal en todo lado. Un tipo como él, pacífico y fraterno, fue, sin embargo, víctima de persecución por parte del gordiflón dictador Rodríguez Lara y sus tribunales militares especiales, ¡lo sentenciaron a un año de cárcel por subversivo y terrorista! Y anduvo clandestino todo ese tiempo. En cuanto la sentencia prescribió y pudo andar libremente se metió en un grupo clandestino revolucionario. Antonio dijo algo sobre su generación: fue la historia del antipoder, en tiempos en que la historia oficial era registrada por las radiodifusoras y sobre todo por los periódicos; la historia que existió y pesará en la conciencia nacional por siglos, aunque parezca olvidada, es la que se expresaba con consignas y pensamientos pintados al carbón en las paredes de la ciudad, pues no había para comprar pintura ni existía el spray.

Por fin, como todo el mundo, fue asumido por el sistema, consiguió un buen empleo, se casó, tuvo hijos. Pero creyó que él y su compromiso podían mejorar el mundo, sintió que tenía el destino del mundo en sus manos, se tomó eso en serio, sigue así.


lunes, 23 de octubre de 2017

Presentación de la novela EL SANTO TEMOR




Novela de NICOLÁS JIMÉNEZ MENDOZA

Presentación del día jueves 28 de septiembre de 2017, 
en CASA ÉGÜEZ.




Por FRANCISCO PROAÑO ARANDI

“En el estado en que se encontraba, le era difícil regresar de las alturas de la contemplación a las que ascendía. Resacas por haber libado el vino amargo de Dios, decía. Retornaba a la añoranza de las caricias maternas, que no tuvo, a olfatear su carne de huérfano. A veces encontraba restos de humanidad joven en él, algo que sobró tras los plazos vencidos, y jugaba con el recuerdo juegos de sí mismo, para confundirse con el horizonte, y regresaba a sí mismo. Cuando cesaban las voces y los ruidos del día, se quedaba con la noche para tejerla, solo y aterido. Entre las brumas heladas del desvelo se filtraban luces” (Página 176, de El Santo Temor).

El párrafo transcrito no es el único de esta novela en que parece se sintetizaran, confluentes, algunos de los temas centrales que sustentan su trama y macan el destino del protagonista principal, destino que por su parte el autor ha ido construyendo morosamente, enfrentando mediante la aplicación de diferentes técnicas narrativas, las profundas contradicciones del personaje en el marco de una época de la historia del país signada, fundamentalmente, por una perversa simbiosis de esperanzas y pérdidas, y sobre la cual se proyecta una mirada o, mejor dicho, un juicio implacable y con seguridad, justo.

Hay dos niveles referenciales que vuelven a esta quinta novela de Nicolás Jiménez un texto singular. Singular no solo por las calidades y originalidades de su escritura, nos solo por las estrategias narrativas utilizadas, sino sobre todo por los temas que aborda y que, pese a emerger y desarrollarse en un contexto histórico y espacio geográfico conocidos, resultan nuevos, inéditos y pocas veces tratados, al menos en lo que conoce quien escribe estas líneas, en la literatura ecuatoriana contemporánea.

Obviamente no voy a contarles la historia de la novela, pero no puedo dejar de señalar que el personaje central, José Emilio Ramírez Calle, es un ser maltratado por la vida.  Maltratado desde la infancia, en el seno familiar y luego, a través de las diversas y sucesivas, a veces recurrentes instancias existenciales que deberá recorrer y experimentar.  Y, sin embargo, es también un ser positivo que, incluso cuando está desvalido y abandonado en el cieno de sus caídas, enfrenta la adversidad y lucha por cambiarla, por erguirse de nuevo, recuperando una y otra vez su humanidad despojada. No diré más. Sólo añadiré que ese perpetuo caer y levantarse, que recuerda un poco al Job bíblico, se enlaza con una problemática que la novela aborda con profundidad y siempre desde la indagación en los meandros de la conciencia del personaje. Se trata del tema de la conversión, algo que ha inquietado a e inquieta desde hace mucho tiempo a filósofos, teólogos, artistas y, naturalmente, escritores.

Repito una frase del párrafo transcrito más arriba: “Partía una y otra vez, de sí mismo, para confundirse con el horizonte, y regresaba a sí mismo”. El converso, el converso que nos interesa en este caso, para entender a un hombre no común, cual es Emilio Ramírez Calle, es un ser que ha interpelado y cuestionado en profundidad la realidad que le rodea y que se propone cambiarla, pues la juzga inicua, opresiva, falaz, vacía y, en todo caso, inaceptable. Esta confrontación, sufrida con intensidad, y ante la imposibilidad de que aquello que se desea –el cambio, la felicidad, la redención, lo que fuere-, lleva a ese individuo concreto a un estado agudo de indigencia espiritual, de incertidumbre, incluso de profundo cuestionamiento sobre todo aquello en que creía.  Entonces se produce algo así como una instancia de iluminación y el individuo, indigente, desvalido, abandonado, sumido en mil incertezas, se yergue, insuflado de una nueva fe, de una nueva esperanza y un renovado compromiso con aquello que se le revea como el camino que le faltaba para lograr sus objetivos, su razón de ser y una suerte de reconciliación con la humanidad perdida. 

Pero al mismo tiempo la asunción de todo ello nuevo y compromisorio trae como efecto una ruptura total con el pasado, una relativización de todo lo que hasta entonces ha sido el contorno y el conjunto de puntos de referencia a los que estaba acostumbrado. Esta ruptura o cesura se suele da al menos en dos campos aparentemente antitéticos, pero sin duda similares: el religioso y el ideológico. El religioso comporta una adhesión profunda e intensamente espiritual y, por tanto, proclive a la obediencia absoluta, en relación con un dogma de carácter profético, religioso. Los casos más célebres de conversión religiosa en el seno del cristianismo – catolicismo son los de San Pablo y San Agustín.

La conversión ideológica es análoga, si no idéntica: el converso rompe con todo lo anterior y se entrega con fanatismo al trabajo ideológico en el seno del partido. En este, en el partido, encuentra su razón de ser, el nuevo seno materno que lo acoge y al que dedica todos sus esfuerzos vitales. Nace el verdadero militante, cuya misión en la vida es la que le señala el movimiento, más exactamente el partido. La historia reciente señala como casos emblemáticos los registrados en la evolución del partido comunista soviético, en el partido comunista chino y en otros movimientos similares.

De la conversión de índole ideológica la novela nos conecta con otro tema sustancial de la misma: la problemática del militante. La asunción de esta condición impedirá al personaje a trascenderse a sí mismo. Destacará indudablemente como organizador, incluso dirigente y se ganará el respeto de unos y el odio y el desprecio de otros. Le perseguirán, le acosarán, le reducirán –gracias al acoso, en ocasiones concreto y científicamente perpetrado; a veces, imaginario- a la condición de guiñapo humano. Una extensa parte se dedica a describir en detalle el método científico desarrollado por agencias de inteligencia, como la CIA, para ir despojando de humanidad a un adversario, hasta aniquilarlo psicológica y socialmente en su entorno. Mas, su condición esencial será siempre la de militante, ya en su periplo místico religioso, ya en el terreno político-ideológico- revolucionario: un obstáculo que impide al larvado hombre de acción que en él se oculta, a revelare y trascender.

También otra forma de conversión que arrastra al individuo más allá de los lazos tradicionales que caracterizaban su vida anterior, es la erótica: en este caso, la pasión o el amor determinan esa ruptura.

Nuestro personaje, Emilio Ramírez Calle, experimenta en instancias clave de su itinerario existencial estas tres formas de conversión y de ellas regresará una y otra vez a su vacío primigenio.

Todo esto vuelve a la novela de Nicolás Jiménez un texto problemático, que busca descender e indagar en los laberintos más oscuros y desasosegantes de la condición humana, llegando a explorar al menos dos dimensiones de ella: el infierno y la angustia. Es cierto que en ello incide no solamente la personalidad de Ramírez, sino también los factores externos: toda una galería de seres canallescos, fracasados unos, triunfantes otros, todos frágiles en su contextura ética, tan expuestos a los embates de un entorno social inicuo como el protagonista central. Lo que nos lleva aludir a otro de los temas fundamentales de la obra: la mirada o juicio que desplaza sobre una época y un contexto social determinados y reconocibles: la época que nos ha tocado vivir y que el narrador ubica su inicio con exactitud: 1941, año del nacimiento de Ramírez Calle. En el trasfondo de esta vida gravitan los grandes acontecimientos históricos: dictaduras, revueltas, remedos de democracia, golpes de estado, y, entreveradas, las grandes tragedias: el eterno retorno de la iniquidad y de la iniquidad, de la corrupción y la delación, de la usurpación reiterada del poder por las oligarquías o por camarillas inescrupulosas, y, aparejadas, todas las demás debilidades humanas.

El narrador, que es distinto al autor y no necesariamente su portavoz, personaje omnisciente que lo conoce todo o casi todo, se encarga de entregarnos, además, el retrato de una sociedad, la nuestra, y ese retrato no es gratificante, tanto en lo que concierne al poder o distintos poderes sucesivos y prevalecientes, como en la cotidianidad misma de los personajes. Hay personajes como los que frecuentan las tertulias en las que destaca uno de ellos, Edison Balseca, que enjuician de un modo más bien crudo y sin ambages la realidad circundante y a quienes se mueven en ella –corruptos, represores, aventureros, canallas, etc.-, pero ellos mismos, en su lenguaje, en su mentalidad, en sus apodos, incluido Balseca, son parte de ese mundo enfermo y enajenante. Entre otros rasgos, su machismo es aberrante: no hay para ellos mujer que no esté dispuesta a degradarse en las múltiples escalas de la corrupción que el sistema propone.

Esto nos induce a señalar algunas de las estrategias narrativas que tornan compleja, en un sentido de enriquecimiento multisémico del mensaje, a El Santo Temor. En primer lugar, está la presencia del narrador, este personaje omnisciente e incluso que opina y enjuicia. En una suerte de Dante criollo, condena o salva, según los casos, a personajes reales, históricos de nuestra realidad. Académicos, militantes, dirigentes, camaradas del partido, religiosos, hombres y mujeres, son invariablemente retratados, a veces en pocos rasgos, por la voz implacable del narrador que, como queda señalado, no es necesariamente vocero ni alter ego del autor. El narrador nos acompañará siempre, desde el inicio hasta el final. Pero hay otro narrador, otra voz: la de un personaje que ya mencionamos: Edison Balseca. Con extrema frecuencia, entre paréntesis, cortando a bisel el discurso, la voz de Balseca se introduce, dice su verdad, condena o absuelve. Este recurso nos remite a la existencia no solo de dos narradores fundamentales (hay otros, entre ellos, a momentos, el propio protagonista), sino a la sospecha de dos novelas yuxtapuestas y con encontrados puntos de vista. Una, la que seguimos página tras página llevados por la voz del primer narrador; otra, la que intenta obligarnos a ver con otros ojos la situación, desde una perspectiva distinta y provocadora.

Lo anterior parecería indicarnos que estamos frente a un texto que se refuta a sí mismo y nos lleva a recelar de su existencia como novela, al menos en su sentido tradicional, algo además muy acorde con las líneas del realismo abierto propio de nuestros días y de la posmodernidad. Para empezar adopta desde su inicio y hasta la última línea un aire de biografía: biografía novelada, sin duda. Bajo esta percepción, evidencia una estrategia más bien tradicional: fecha de nacimiento, antecedentes familiares, infancia y demás instancias existenciales del protagonista.  Dentro de esta estructura se desenvuelve, implícita, otra, a modo de natural consecuencia de aquella: la de una novela de aprendizaje. Nivel este fundamental, puesto que allí anidan los elementos esenciales que inciden en la infancia y adolescencia del personaje protagónico, fases dolorosas y generadoras de graves secuelas ulteriores, en las que pululan otros personajes de cataduras diversas y se delinea, a veces con imágenes precisas, otro protagonista: la ciudad real, recuperada con exactas denominaciones: calles, barrios, plazas, templos, mercados, puntos de referencia, lo cual, junto con otros aspectos significativos, nos lleva a aludir a una dimensión del texto indudablemente crucial: se trata de que nos encontramos, como se insinúa en la propia solapa del libro, frente a una narración que participa de ciertas características de la llamada “Non fiction” o “No ficción”. Abonan a ello, varios indicios: la comparecencia de personajes reales y conocidos; la nomenclatura de bares, restaurantes y almacenes que existen o que realmente existieron; ubicación de esquinas; numeraciones; etc. Sin embargo, como sucede en las novelas del reciente Premio Nobel francés , Patrick Modiano, la designación precisa de direcciones e inmuebles, provoca más bien, en la simbiosis con la anécdota que se cuenta y los puntos de vista del narrador, un efecto, sino surreal, sí hiperreal, es decir, de todos modos, novelesco o ficcional.  En esta encrucijada, la novela de Jiménez parece abandonar su contextura de “No fiction” o novela testimonial, y aproximarse a una sintaxis de novela histórica. Ello, porque el periplo vital del protagonista, se desliza claramente ligado a períodos bien determinados de la historia ecuatoriana, desde 1941 hasta los albores de la actual centuria. 

No nos detendremos sino solo para subrayarlo en el uso de otros expedientes narrativos que brindan a la novela una mayor complejidad técnica que, a la par, la enriquece: por ejemplo, hay un diario, cuya elaboración termina abruptamente en una fecha precisa; hay pasajes en los que el narrador expone, tanto el argumento, como el juicio crítico sobre las novelas que escribe y publica el protagonista, devenido finalmente escritor; hay microfichas biográficas acerca de determinados personajes, con apodos y todo. Existe una reflexión detenida, si bien fragmentaria, sobre la génesis y la necesidad del arte, en este caso, el literario. La novela se retrata a sí misma, se refuta-ya lo dijimos-, se anula y resucita, reiteradamente.

Así debemos volver a aquella frase que transcribimos y subrayamos al iniciar estas reflexiones “Partía, una y otra vez, de sí mismo, para confundirse en el horizonte, y regresaba a sí mismo”.  Ciento cincuenta páginas más tarde anota el propio Emilio, “con cierta inseguridad”: “Para cumplir mi destino recibí poco a poco la iluminación y ejercí poco a poco el poder de crear.  Nací para ser mago discreto –añade-, si se revela mi historia será del modo más velado, combinándola con la fantasía y la leyenda”.  Esta apetencia hacia una peregrina condición de mago puede entenderse como la posibilidad de intervenir en la transformación de un mundo injusto, aunque siempre desde la perspectiva no abandonada del militante: “si se revela mi historia será del modo más velado”, advierte.

Al cabo, por circunstancias que no me corresponde señalar aquí, todo le conduce a una desapasionada pero real certeza, lo adverso a todo lo vivido, a todos esos estadios contrapuestos de iluminación, conversión y derrota: el vacío, anota el narrador.  “El vacío por la ausencia de su pretendido dios interior”.  “Descubrió –agrega- que su existencia había sido la historia de una paranoia”-  “Fue la hora más cruel que hemos vivido”, frase esta que inevitablemente, por asociación de ideas, nos hace recordar el episodio quizá más triste de El Quijote, la hora en que el andante caballero recobra la cordura.  Jorge Luis Borges dirá por allí: “Es triste que Alonso Quijano vea en la hora de su muerte que su vida entera ha sido un error y un disparate”. Líneas arriba, sin embargo, Borges no ha podido sino anotar que la forma del género novela exige que don Quijote vuelva a la cordura.

Como en el caso de la magna obra cervantina, tal vez narrador y autor y también la propia novela de Nicolás Jiménez, confundidos en un solo nivel, hayan llegado a su final conclusión –digo la palabra en su doble acepción: finalización y también idea a la que se llega después de considerar una serie de datos y circunstancias-.  Conclusión que queda formulada en las últimas líneas del texto: “A tiempo le llegó la última revelación, que no dejó certezas, sino la incertidumbre”.  La incertidumbre, digo yo, o la nada: la nada de una época que aún hoy sigue manando su estulticia, sus incertezas, su nada.



Crítica a EL SANTO TEMOR



Por Eliécer Cárdenas E.

Publicado el 19 septiembre, 2017 
Diario El Mercurio / Cuenca - Ecuador


“El Santo Temor” es la nueva novela del escritor ecuatoriano Nicolás Jiménez Mendoza, un autor que ha preferido vivir en la discreta penumbra del hecho literario, lejos de las reuniones académicas y sociales que, inevitablemente, suelen acompañar los fastos de los literarios, y por cierto lejos de lo que pudiera denominarse “carrera” literaria, con sus “codazos” al colega, sus prisas por “destacarse”, aun cuando se carezca de los méritos suficientes para el efecto.

Nicolás Jiménez Mendoza ha venido por lo tanto trabajando silenciosamente una obra que merecería ser conocida, y además reconocida, por su carácter de “Suma” de vidas, estilos y existencias narrativas. Una de sus anteriores obras, titulada “La obra, los duendes ecuatoriales” tuvo la virtud de que aunque no fue comentada en el país sino en mínima medida, fue leída, y por lo bajo, señalada como un muestrario donde salían a la luz ciertas situaciones y personajes de la vida cultural y política del Ecuador, con una dosis de ironía por momentos rayana en la dureza. En ella desfilaban escritores, otros que eran falsos autores caracterizados por el arribismo, comparsas políticas, directivos y directivas culturales apenas disimulados por nombres y circunstancias. El silencio impuesto a la obra no la volvió sin embargo inocua ni invisible.

En esta nueva obra, “El Santo Temor”, Jiménez Mendoza prefiere bucear en clave autobiográfica una existencia dramática, trágica y hasta tragicómica en algunos momentos, con el protagonista  Josè Emilio Ramírez Calle, un personaje común, de clase media baja, que sufre sus primeras frustraciones al ingresar, por iniciativa de una tía suya, con media beca en un colegio religiosos más bien de alcurnia, donde lo ignoran y ridiculizan. Luego estudia en un colegio nocturno para obreros, trabaja para unos dueños afiliados a la organización ultraderechista ARNE, de los años cincuenta.  Su cambio se opera paulatinamente a través del trabajo sindical con grupos cristianos que luego formarán parte del llamado Movimiento de Izquierda Cristina.  Es acusado de tener dinamita en su hogar, su familia es perseguida, sus hermanos detenidos, él se oculta y le gana una suerte de paranoia, donde no se sabe si lo persiguen pesquisas o policías en realidad, o si es una alucinación promovida por las tensiones, la pésima alimentación.  Es llevado a varios tratamientos siquiátricos.

Con la separación de su hogar, las peripecias de Ramírez proseguirán.  Se descubre escritor, vive pobremente, se divorcia de su mujer, lucha por dar a conocer su obra, le sobreviene una grave enfermedad.  Tantas desgracias sin embardo, son narradas como una crónica, con testimonios estremecedores.  La vida de un personaje ecuatoriano tocado por la maldición del infortunio.  Quizá la debilidad de la obra radica en su composición como crónica de principio a fin.  En cualquier caso, una novela notable del autor, Nicolás Jiménez Mendoza.