lunes, 23 de octubre de 2017

Presentación de la novela EL SANTO TEMOR




Novela de NICOLÁS JIMÉNEZ MENDOZA

Presentación del día jueves 28 de septiembre de 2017, 
en CASA ÉGÜEZ.




Por FRANCISCO PROAÑO ARANDI

“En el estado en que se encontraba, le era difícil regresar de las alturas de la contemplación a las que ascendía. Resacas por haber libado el vino amargo de Dios, decía. Retornaba a la añoranza de las caricias maternas, que no tuvo, a olfatear su carne de huérfano. A veces encontraba restos de humanidad joven en él, algo que sobró tras los plazos vencidos, y jugaba con el recuerdo juegos de sí mismo, para confundirse con el horizonte, y regresaba a sí mismo. Cuando cesaban las voces y los ruidos del día, se quedaba con la noche para tejerla, solo y aterido. Entre las brumas heladas del desvelo se filtraban luces” (Página 176, de El Santo Temor).

El párrafo transcrito no es el único de esta novela en que parece se sintetizaran, confluentes, algunos de los temas centrales que sustentan su trama y macan el destino del protagonista principal, destino que por su parte el autor ha ido construyendo morosamente, enfrentando mediante la aplicación de diferentes técnicas narrativas, las profundas contradicciones del personaje en el marco de una época de la historia del país signada, fundamentalmente, por una perversa simbiosis de esperanzas y pérdidas, y sobre la cual se proyecta una mirada o, mejor dicho, un juicio implacable y con seguridad, justo.

Hay dos niveles referenciales que vuelven a esta quinta novela de Nicolás Jiménez un texto singular. Singular no solo por las calidades y originalidades de su escritura, nos solo por las estrategias narrativas utilizadas, sino sobre todo por los temas que aborda y que, pese a emerger y desarrollarse en un contexto histórico y espacio geográfico conocidos, resultan nuevos, inéditos y pocas veces tratados, al menos en lo que conoce quien escribe estas líneas, en la literatura ecuatoriana contemporánea.

Obviamente no voy a contarles la historia de la novela, pero no puedo dejar de señalar que el personaje central, José Emilio Ramírez Calle, es un ser maltratado por la vida.  Maltratado desde la infancia, en el seno familiar y luego, a través de las diversas y sucesivas, a veces recurrentes instancias existenciales que deberá recorrer y experimentar.  Y, sin embargo, es también un ser positivo que, incluso cuando está desvalido y abandonado en el cieno de sus caídas, enfrenta la adversidad y lucha por cambiarla, por erguirse de nuevo, recuperando una y otra vez su humanidad despojada. No diré más. Sólo añadiré que ese perpetuo caer y levantarse, que recuerda un poco al Job bíblico, se enlaza con una problemática que la novela aborda con profundidad y siempre desde la indagación en los meandros de la conciencia del personaje. Se trata del tema de la conversión, algo que ha inquietado a e inquieta desde hace mucho tiempo a filósofos, teólogos, artistas y, naturalmente, escritores.

Repito una frase del párrafo transcrito más arriba: “Partía una y otra vez, de sí mismo, para confundirse con el horizonte, y regresaba a sí mismo”. El converso, el converso que nos interesa en este caso, para entender a un hombre no común, cual es Emilio Ramírez Calle, es un ser que ha interpelado y cuestionado en profundidad la realidad que le rodea y que se propone cambiarla, pues la juzga inicua, opresiva, falaz, vacía y, en todo caso, inaceptable. Esta confrontación, sufrida con intensidad, y ante la imposibilidad de que aquello que se desea –el cambio, la felicidad, la redención, lo que fuere-, lleva a ese individuo concreto a un estado agudo de indigencia espiritual, de incertidumbre, incluso de profundo cuestionamiento sobre todo aquello en que creía.  Entonces se produce algo así como una instancia de iluminación y el individuo, indigente, desvalido, abandonado, sumido en mil incertezas, se yergue, insuflado de una nueva fe, de una nueva esperanza y un renovado compromiso con aquello que se le revea como el camino que le faltaba para lograr sus objetivos, su razón de ser y una suerte de reconciliación con la humanidad perdida. 

Pero al mismo tiempo la asunción de todo ello nuevo y compromisorio trae como efecto una ruptura total con el pasado, una relativización de todo lo que hasta entonces ha sido el contorno y el conjunto de puntos de referencia a los que estaba acostumbrado. Esta ruptura o cesura se suele da al menos en dos campos aparentemente antitéticos, pero sin duda similares: el religioso y el ideológico. El religioso comporta una adhesión profunda e intensamente espiritual y, por tanto, proclive a la obediencia absoluta, en relación con un dogma de carácter profético, religioso. Los casos más célebres de conversión religiosa en el seno del cristianismo – catolicismo son los de San Pablo y San Agustín.

La conversión ideológica es análoga, si no idéntica: el converso rompe con todo lo anterior y se entrega con fanatismo al trabajo ideológico en el seno del partido. En este, en el partido, encuentra su razón de ser, el nuevo seno materno que lo acoge y al que dedica todos sus esfuerzos vitales. Nace el verdadero militante, cuya misión en la vida es la que le señala el movimiento, más exactamente el partido. La historia reciente señala como casos emblemáticos los registrados en la evolución del partido comunista soviético, en el partido comunista chino y en otros movimientos similares.

De la conversión de índole ideológica la novela nos conecta con otro tema sustancial de la misma: la problemática del militante. La asunción de esta condición impedirá al personaje a trascenderse a sí mismo. Destacará indudablemente como organizador, incluso dirigente y se ganará el respeto de unos y el odio y el desprecio de otros. Le perseguirán, le acosarán, le reducirán –gracias al acoso, en ocasiones concreto y científicamente perpetrado; a veces, imaginario- a la condición de guiñapo humano. Una extensa parte se dedica a describir en detalle el método científico desarrollado por agencias de inteligencia, como la CIA, para ir despojando de humanidad a un adversario, hasta aniquilarlo psicológica y socialmente en su entorno. Mas, su condición esencial será siempre la de militante, ya en su periplo místico religioso, ya en el terreno político-ideológico- revolucionario: un obstáculo que impide al larvado hombre de acción que en él se oculta, a revelare y trascender.

También otra forma de conversión que arrastra al individuo más allá de los lazos tradicionales que caracterizaban su vida anterior, es la erótica: en este caso, la pasión o el amor determinan esa ruptura.

Nuestro personaje, Emilio Ramírez Calle, experimenta en instancias clave de su itinerario existencial estas tres formas de conversión y de ellas regresará una y otra vez a su vacío primigenio.

Todo esto vuelve a la novela de Nicolás Jiménez un texto problemático, que busca descender e indagar en los laberintos más oscuros y desasosegantes de la condición humana, llegando a explorar al menos dos dimensiones de ella: el infierno y la angustia. Es cierto que en ello incide no solamente la personalidad de Ramírez, sino también los factores externos: toda una galería de seres canallescos, fracasados unos, triunfantes otros, todos frágiles en su contextura ética, tan expuestos a los embates de un entorno social inicuo como el protagonista central. Lo que nos lleva aludir a otro de los temas fundamentales de la obra: la mirada o juicio que desplaza sobre una época y un contexto social determinados y reconocibles: la época que nos ha tocado vivir y que el narrador ubica su inicio con exactitud: 1941, año del nacimiento de Ramírez Calle. En el trasfondo de esta vida gravitan los grandes acontecimientos históricos: dictaduras, revueltas, remedos de democracia, golpes de estado, y, entreveradas, las grandes tragedias: el eterno retorno de la iniquidad y de la iniquidad, de la corrupción y la delación, de la usurpación reiterada del poder por las oligarquías o por camarillas inescrupulosas, y, aparejadas, todas las demás debilidades humanas.

El narrador, que es distinto al autor y no necesariamente su portavoz, personaje omnisciente que lo conoce todo o casi todo, se encarga de entregarnos, además, el retrato de una sociedad, la nuestra, y ese retrato no es gratificante, tanto en lo que concierne al poder o distintos poderes sucesivos y prevalecientes, como en la cotidianidad misma de los personajes. Hay personajes como los que frecuentan las tertulias en las que destaca uno de ellos, Edison Balseca, que enjuician de un modo más bien crudo y sin ambages la realidad circundante y a quienes se mueven en ella –corruptos, represores, aventureros, canallas, etc.-, pero ellos mismos, en su lenguaje, en su mentalidad, en sus apodos, incluido Balseca, son parte de ese mundo enfermo y enajenante. Entre otros rasgos, su machismo es aberrante: no hay para ellos mujer que no esté dispuesta a degradarse en las múltiples escalas de la corrupción que el sistema propone.

Esto nos induce a señalar algunas de las estrategias narrativas que tornan compleja, en un sentido de enriquecimiento multisémico del mensaje, a El Santo Temor. En primer lugar, está la presencia del narrador, este personaje omnisciente e incluso que opina y enjuicia. En una suerte de Dante criollo, condena o salva, según los casos, a personajes reales, históricos de nuestra realidad. Académicos, militantes, dirigentes, camaradas del partido, religiosos, hombres y mujeres, son invariablemente retratados, a veces en pocos rasgos, por la voz implacable del narrador que, como queda señalado, no es necesariamente vocero ni alter ego del autor. El narrador nos acompañará siempre, desde el inicio hasta el final. Pero hay otro narrador, otra voz: la de un personaje que ya mencionamos: Edison Balseca. Con extrema frecuencia, entre paréntesis, cortando a bisel el discurso, la voz de Balseca se introduce, dice su verdad, condena o absuelve. Este recurso nos remite a la existencia no solo de dos narradores fundamentales (hay otros, entre ellos, a momentos, el propio protagonista), sino a la sospecha de dos novelas yuxtapuestas y con encontrados puntos de vista. Una, la que seguimos página tras página llevados por la voz del primer narrador; otra, la que intenta obligarnos a ver con otros ojos la situación, desde una perspectiva distinta y provocadora.

Lo anterior parecería indicarnos que estamos frente a un texto que se refuta a sí mismo y nos lleva a recelar de su existencia como novela, al menos en su sentido tradicional, algo además muy acorde con las líneas del realismo abierto propio de nuestros días y de la posmodernidad. Para empezar adopta desde su inicio y hasta la última línea un aire de biografía: biografía novelada, sin duda. Bajo esta percepción, evidencia una estrategia más bien tradicional: fecha de nacimiento, antecedentes familiares, infancia y demás instancias existenciales del protagonista.  Dentro de esta estructura se desenvuelve, implícita, otra, a modo de natural consecuencia de aquella: la de una novela de aprendizaje. Nivel este fundamental, puesto que allí anidan los elementos esenciales que inciden en la infancia y adolescencia del personaje protagónico, fases dolorosas y generadoras de graves secuelas ulteriores, en las que pululan otros personajes de cataduras diversas y se delinea, a veces con imágenes precisas, otro protagonista: la ciudad real, recuperada con exactas denominaciones: calles, barrios, plazas, templos, mercados, puntos de referencia, lo cual, junto con otros aspectos significativos, nos lleva a aludir a una dimensión del texto indudablemente crucial: se trata de que nos encontramos, como se insinúa en la propia solapa del libro, frente a una narración que participa de ciertas características de la llamada “Non fiction” o “No ficción”. Abonan a ello, varios indicios: la comparecencia de personajes reales y conocidos; la nomenclatura de bares, restaurantes y almacenes que existen o que realmente existieron; ubicación de esquinas; numeraciones; etc. Sin embargo, como sucede en las novelas del reciente Premio Nobel francés , Patrick Modiano, la designación precisa de direcciones e inmuebles, provoca más bien, en la simbiosis con la anécdota que se cuenta y los puntos de vista del narrador, un efecto, sino surreal, sí hiperreal, es decir, de todos modos, novelesco o ficcional.  En esta encrucijada, la novela de Jiménez parece abandonar su contextura de “No fiction” o novela testimonial, y aproximarse a una sintaxis de novela histórica. Ello, porque el periplo vital del protagonista, se desliza claramente ligado a períodos bien determinados de la historia ecuatoriana, desde 1941 hasta los albores de la actual centuria. 

No nos detendremos sino solo para subrayarlo en el uso de otros expedientes narrativos que brindan a la novela una mayor complejidad técnica que, a la par, la enriquece: por ejemplo, hay un diario, cuya elaboración termina abruptamente en una fecha precisa; hay pasajes en los que el narrador expone, tanto el argumento, como el juicio crítico sobre las novelas que escribe y publica el protagonista, devenido finalmente escritor; hay microfichas biográficas acerca de determinados personajes, con apodos y todo. Existe una reflexión detenida, si bien fragmentaria, sobre la génesis y la necesidad del arte, en este caso, el literario. La novela se retrata a sí misma, se refuta-ya lo dijimos-, se anula y resucita, reiteradamente.

Así debemos volver a aquella frase que transcribimos y subrayamos al iniciar estas reflexiones “Partía, una y otra vez, de sí mismo, para confundirse en el horizonte, y regresaba a sí mismo”.  Ciento cincuenta páginas más tarde anota el propio Emilio, “con cierta inseguridad”: “Para cumplir mi destino recibí poco a poco la iluminación y ejercí poco a poco el poder de crear.  Nací para ser mago discreto –añade-, si se revela mi historia será del modo más velado, combinándola con la fantasía y la leyenda”.  Esta apetencia hacia una peregrina condición de mago puede entenderse como la posibilidad de intervenir en la transformación de un mundo injusto, aunque siempre desde la perspectiva no abandonada del militante: “si se revela mi historia será del modo más velado”, advierte.

Al cabo, por circunstancias que no me corresponde señalar aquí, todo le conduce a una desapasionada pero real certeza, lo adverso a todo lo vivido, a todos esos estadios contrapuestos de iluminación, conversión y derrota: el vacío, anota el narrador.  “El vacío por la ausencia de su pretendido dios interior”.  “Descubrió –agrega- que su existencia había sido la historia de una paranoia”-  “Fue la hora más cruel que hemos vivido”, frase esta que inevitablemente, por asociación de ideas, nos hace recordar el episodio quizá más triste de El Quijote, la hora en que el andante caballero recobra la cordura.  Jorge Luis Borges dirá por allí: “Es triste que Alonso Quijano vea en la hora de su muerte que su vida entera ha sido un error y un disparate”. Líneas arriba, sin embargo, Borges no ha podido sino anotar que la forma del género novela exige que don Quijote vuelva a la cordura.

Como en el caso de la magna obra cervantina, tal vez narrador y autor y también la propia novela de Nicolás Jiménez, confundidos en un solo nivel, hayan llegado a su final conclusión –digo la palabra en su doble acepción: finalización y también idea a la que se llega después de considerar una serie de datos y circunstancias-.  Conclusión que queda formulada en las últimas líneas del texto: “A tiempo le llegó la última revelación, que no dejó certezas, sino la incertidumbre”.  La incertidumbre, digo yo, o la nada: la nada de una época que aún hoy sigue manando su estulticia, sus incertezas, su nada.



Crítica a EL SANTO TEMOR



Por Eliécer Cárdenas E.

Publicado el 19 septiembre, 2017 
Diario El Mercurio / Cuenca - Ecuador


“El Santo Temor” es la nueva novela del escritor ecuatoriano Nicolás Jiménez Mendoza, un autor que ha preferido vivir en la discreta penumbra del hecho literario, lejos de las reuniones académicas y sociales que, inevitablemente, suelen acompañar los fastos de los literarios, y por cierto lejos de lo que pudiera denominarse “carrera” literaria, con sus “codazos” al colega, sus prisas por “destacarse”, aun cuando se carezca de los méritos suficientes para el efecto.

Nicolás Jiménez Mendoza ha venido por lo tanto trabajando silenciosamente una obra que merecería ser conocida, y además reconocida, por su carácter de “Suma” de vidas, estilos y existencias narrativas. Una de sus anteriores obras, titulada “La obra, los duendes ecuatoriales” tuvo la virtud de que aunque no fue comentada en el país sino en mínima medida, fue leída, y por lo bajo, señalada como un muestrario donde salían a la luz ciertas situaciones y personajes de la vida cultural y política del Ecuador, con una dosis de ironía por momentos rayana en la dureza. En ella desfilaban escritores, otros que eran falsos autores caracterizados por el arribismo, comparsas políticas, directivos y directivas culturales apenas disimulados por nombres y circunstancias. El silencio impuesto a la obra no la volvió sin embargo inocua ni invisible.

En esta nueva obra, “El Santo Temor”, Jiménez Mendoza prefiere bucear en clave autobiográfica una existencia dramática, trágica y hasta tragicómica en algunos momentos, con el protagonista  Josè Emilio Ramírez Calle, un personaje común, de clase media baja, que sufre sus primeras frustraciones al ingresar, por iniciativa de una tía suya, con media beca en un colegio religiosos más bien de alcurnia, donde lo ignoran y ridiculizan. Luego estudia en un colegio nocturno para obreros, trabaja para unos dueños afiliados a la organización ultraderechista ARNE, de los años cincuenta.  Su cambio se opera paulatinamente a través del trabajo sindical con grupos cristianos que luego formarán parte del llamado Movimiento de Izquierda Cristina.  Es acusado de tener dinamita en su hogar, su familia es perseguida, sus hermanos detenidos, él se oculta y le gana una suerte de paranoia, donde no se sabe si lo persiguen pesquisas o policías en realidad, o si es una alucinación promovida por las tensiones, la pésima alimentación.  Es llevado a varios tratamientos siquiátricos.

Con la separación de su hogar, las peripecias de Ramírez proseguirán.  Se descubre escritor, vive pobremente, se divorcia de su mujer, lucha por dar a conocer su obra, le sobreviene una grave enfermedad.  Tantas desgracias sin embardo, son narradas como una crónica, con testimonios estremecedores.  La vida de un personaje ecuatoriano tocado por la maldición del infortunio.  Quizá la debilidad de la obra radica en su composición como crónica de principio a fin.  En cualquier caso, una novela notable del autor, Nicolás Jiménez Mendoza.



domingo, 3 de septiembre de 2017

UNA GRAN NOVELA DE NICOLAS JIMENEZ MENDOZA

El Santo Temor, la última novela de Nicolás Jiménez Mendoza se ha publicado.Estará circulando en las principales librerías de Quito la próxima semana. Presentación tercera semana de septiembre. Los amigos de este blog pueden solicitar un ejemplar de cortesía por Mensaje.

sábado, 24 de junio de 2017

El Santo Temor nueva novela de Nicolás Jiménez Mendoza

"El Santo Temor" no se publicara, por decisión del autor, en las empresas editoriales comerciales u oficiales, ni participará en concursos. Tratará de salir con la ayuda de amigos personales y de la cultura, Ya se ha financiado, al 24 de junio del 2017, el 35% del costo de impresión, Se necesita reunir el resto, unos 2,500 dólares. Se intenta obtenerlos a través de la redes sociales, donde están magnates financieros, destacados políticos y pintores y escritores famosos, Hasta ahora extrañamente no hemos conseguido sino unos simpáticos 9 likes, pero no dejamos de confiar en los amigos pudientes o que tienen relación con instituciones, empresas o firmas, que pueden obtener una publicidad que se destacará en el libro.  A continuación, incluimos un pequeño ensayo sobre lo que "El Santo Temor" es.
Los personajes de El Santo Temor son creados y recreados con maestría por un escritor contemporáneo que ha desbordado los límites tradicionales de la narrativa (así lo reconocieron antes, sus críticos, por su cercanía con el estilo joyceano), pues los encontramos en la novela con nombres y caracteres reales, inherentes a la cultura quiteña, compartiendo con otros, imaginarios, imputándole así un sorprendente sentido a la historia contada (o un sinsentido en determinados momentos).
 
Sus hechos son los experimentados por el autor, en cuanto a Emilio personaje principal y, con la realidad histórica moderna del Ecuador en cuanto al escenario general. Pero también hay acontecimientos ficcionales y de tal complejidad que, combinados lo real con lo ficticio, en un entramado fascinante, nos llevan a cuestionar desde la materialidad física hasta lo sicológico y de honda espiritualidad.

Eta poderosa novela crea un universo cuyas contradicciones interpelan y fuerzan al lector a ser valiente.

Este libro narra con riqueza de detalles la existencia humana, describe minuciosamente actos y circunstancias que se pasan por alto y sin embargo se convierten en determinantes. Por este realismo, la novela se incluye en la no-ficción que imita a la crónica y a la biografía; pero, al mismo tiempo muestra esferas subjetivas: visiones de la eternidad y de la infinitud del universo y, por incluir esta imaginación a veces delirante, es también ficción; así se configura un  colosal  horizonte de lo humano que afronta, necesariamente, espectros del cielo y del infierno.

La paradoja que hallamos en El Santo Temor puede ser entendida solamente por la audacia con que el autor ha echado sus cartas, se ha jugado entero. Emilio asume su posición de hombre común, hasta mediocre, pero con conciencia aguzada. Su percepción especial lo lleva a saberse elegido, mago y finalmente loco. Posiblemente es uno de esos seres que existen a nuestro alrededor haciendo profundos ascensos y descensos espirituales, yendo de la vileza a la sublimación, en procesos ocultos a los ojos profanos.

El Santo Temor abre grietas que revelan las maniobras tradicionales del poder; atraviesa lo evidente, filtra lo encubierto y la visión elemental y simplista difundida por voluntades escondidas, muestra el otro lado de las cosas. En suma, es una novela total, rápida en su acción, con una gravedad que hace orbitar las palabras correctas a su alrededor. Dice lo necesario para cautivar a quien decida entrar en su desafiante mundo.


Consecuente con lo relatado su desenlace es insólito, nos deja en una coyuntura, como en la partida de dos caminos opuestos, uno de esperanza y redención y otro de angustia y condena. La decisión es una interrogante planteada al lector.

domingo, 24 de agosto de 2014

Eduardo Naranjo sobre LA VÍA NOCTURNA, novela de Nicolás Jiménez




LAS NOCHES DE QUITO
Eduardo F. Naranjo C.

Describir una urbe escarbando recuerdos para construir un pasado, que es historia, y enlazar vivencias de personajes con típico humor quiteño, es obra de prodigiosa memoria y creatividad, con la que Nicolás Jiménez Mendoza cuenta las peripecias eróticas de quienes circulaban por la capital en aquellos nostálgicos años sesentas y setentas.

Su última obra “La Vía Nocturna” recorre las noches bohemias de cabarets y cantinas que envolvían la ciudad esos días, donde un “chulla” del barrio de “San Roque” narra sus percepciones y aventuras matizadas por la sensualidad reprimida que marcaba a los jóvenes, cuando la sociedad estaba atenazada por creencias religiosas y morales fabricadas.

Este viaje por las noches de la ciudad, con tantos personajes y apodos, recordará a quienes estuvieron allí, en ese viejo Quito, como eran las cosas. Jiménez detalla calle por calle, esquina por esquina, cantinas de bohemios atormentados, clubes nocturnos en toda la periferia, donde desfilan mujeres de toda talla, arrastrando penas y alegrías en una maraña de situaciones; de igual forma jóvenes en busca del “amor”, que ingenian mil formas para lograr sus propósitos.

En esta obra de aventuras eróticas también aparecen personajes reales de la política, que son descritos con sus propios “atributos” y acciones acertadas y desacertadas. Es un relato que gustará mucho a todos quienes recorrieron esas calles y burdeles de diferente calado, donde encontraron aquello que pudieron y desearon. Reverdecerán las neuronas un tanto marchitadas por el tiempo, pero grabadas de recuerdos de una vida que fue. Los jóvenes de hoy sabrán la historia oculta de sus antecesores. Contiene además un plano
del Quito de entonces, donde se marcan con precisión aquellos “lugares de placer”.


 Publicación tomada de Diario La Hora, viernes 7 de marzo del 2014

Hernán Rodríguez Castelo sobre "LA VÍA NOCTURNA" de Nicolás Jiménez


Opiniones de Hernán Rodríguez Castelo sobre LA VÍA NOCTURNA de Nicolás Jiménez extraídas del ensayo publicado en www.hernanrodiguezcastelo.com

La vía nocturna  de Nicolás Jiménez Mendoza es una novela río, narrada desde un presente indeciso y tomando las aguas desde pocos años atrás, casi una década -"conservo una pequeña agenda del año 59, en la que he registrado el tedio vivido día a día"-, por José Elías Arcos (para la jorga "Pepelías"), de la pequeña burguesía del barrio de San Roque, que comenzó por lo ordinario -colegio, algo de universidad, el modesto empleo- pero dio con el camino de la noche, "que no es heroico -dice- sino salida de lo cotidiano". Y ese camino fue la bohemia.

La bohemia del narrador no sería la del borracho, aunque tantos recuerdos se evocan al amor de unas cervezas en bares o de los tragos fuertes en prostíbulos: sería la del gozador del sexo. El disfrute del sexo es verdadero leitmotivo de esta "vía".

El clima es la noche.

Y el escenario, Quito. Este incansable caminar nocturno por las calles del Quito de los cincuentas y los sesentas, recalando en salas de baile y cantinas y en prostíbulos, construye la gran novela del Quito de noche. "Asumí la Vía y la urbe me acogió en su vientre prodigioso", que dice el narrador-actor.
   
Las oficiantes de los misterios de la noche son las putas. Esta novela, que exalta una vida nocturna rica de placeres, ahonda, desde la mirada de este bohemio crítico en el sentido de esas mujeres, en quienes admira -en contra de la generalizada opinión burguesa- su libertad.
   
Y los templos del ritual nocturno eran los cabarets  o night clubs. "recuerdo al Bagatelle y al Pigalle que luego fue el Moulin Rouge, propiedad del  francés Norris. Quedaban por la calle 18 de Septiembre. También al norte de El Ejido quedaba el Boris...". "Un dermatólogo especialista en venéreas, ni más ni menos, instaló un cabaret en el piso superior de los Caldos de la Pedro Fermín Cevallos"... A esos o templos -antros para el moralista burgués- iban también los "paganos"...
   
Y una de las líneas críticas de la novela, de las más duras y hasta crudas, era la de la vida sexual doméstica de una alta burguesía, hecha de frustraciones, hipocresías y mentiras.
   
La liturgia de ese culto era la liturgia carnal, y la preparación para la liturgia misma, o antesala de ella, el baile.
   
El frenesí del ritual nocturno se alcanza en el baile. Los primeros pasos del narrador por la Vía, con algo de iluminaciones o vivencias profundas, se dan en el baile. Bailando con Leda al son de los tambores y el canto de La Negra Caliente, abrazados los dos "y haciendo giros perfectos", "estuve en éxtasis, en conjunción con la luz, la vida, la música y el movimiento. Se me reveló una dimensión nueva, se abrió un mundo para mí, o dio vuelta el que conocía y su envés estaba en el cielo".
   
Nada intelectual y ordenado -un caos-; como las embriagueces de los cultos mistéricos. Cuando, al final, el narrador, acosado por variada suerte de frustraciones, busque dar coherencia a todas las exaltaciones, embriagueces,  voluptuosidades y frenesí de su entrega a la Vía fracasará.
   
Tendrá el narrador en el curso de la Vía revelaciones e iluminaciones -alguna en trance, tras haber fumado hierba- pero ninguna de ellas le dará piedras sólidas para esa frustrada construcción final. Porque, buscando la ascensión, se hunde cada vez más bajo: "Es que yo sentía ese llamado desde los extremos, la verdad de la vida parecía estar siempre allá, en la urgencia del abismo" y "placeres desesperados, por los que yo creí ser fiel a la Vía, que parecía por entonces más tenebrosa que nunca", son textos que, ya  hacia el final, tientan el balance de este perplejo homo viator.
   
Pero la bohemia no es solo bailar frenéticamente y culminar ese frenesí en el sexo. No lo es ni siquiera en esta novela. Es conversar. Esas largas, deshilvanadas, entre ingeniosas y amargas, charlas de los bohemios en largas veladas al amor de unos tragos. La novela atiende a esa cara de la bohemia. Se corta el flujo de la introspección y confidencia con pasajes dialogados, en que cada parlamento comienza con la enunciación del que habla. Retóricamente resulta recurso feliz para romper el peligro de monotonía que en tramos acecha a tan largo recordar. Los personajes  que hablan se hacen conocidos del lector, y lo que traen a la mesa de la cantina son críticas del entorno quiteño -algunas de gentes reconocibles, como para invitar a buscar al esperpento apenas oculto por un nombre deformado-, graciosas ocurrencias, confesión de horas lúgubres. Y hasta poemas y citas filosóficas. Hay el dialogante que, sin romper el hilo de la tertulia, cita a Schopenhauer o a Nietzche. Y la reflexión, iconoclasta y libre, llegaba hasta el tema de la muerte, porque Milton la veía cerca.  De los poetas, son dos los que esos viandantes de la noche aman y admiran: César Dávila Andrade y David Ledesma. Pero, de vez en vez, el Divino mediocre les hacía "el beneficio" de lecturas como "Saludo del policía al mundo", que comienza: "Hombre de bondad infinita / que ante lo inefable del dolor humano, / sabe abrir su corazón, / entregando acucioso su acción, / y siendo digno de toda consideración". Pero ese conversar bohemio se  extendía, disperso y entre festivo y grave, a más.
   
¿Y el final de la Vía?
   
El narrador busca un final. Una prisión le ha hecho sentir la necesidad de un final. Y prepara ese final el balance del haber caminado la Vía.
   
Intenta volver a la Vía, pero se sume en frustración, desencanto y aburrimiento. Se siente en una "cultura nueva". "¿Cuál podía ser mi proclama, mi mensaje -se pregunta, sintiéndose al final de la Vía-? Nada ético, imágenes vagas, que la felicidad está entre los hombres, en todas partes y en ninguna, nada más". Se queda solo y en uno como exilio.
   
Siente la presencia de otro ser en él...  
   
Tuvo, confiesa, "epifanías". Una luz que lo traspasó. "Tuve un orgasmo abismal que jamás había sentido ni sentiría en adelante. Eyaculé, me di cuenta más adelante de que lo hice. Fue una cópula mística". Y experimenta en el corazón "la caricia de la virgen" un 15 de agosto.
   
Pero fueron dice "experiencias temporales", y un contertulio le dijo "que podían deberse a la marihuana".
   
La revelación última, en su cuartucho miserable, fue la de la soledad, "la soledad en que radica la existencia humana". "No había dios ni mundo, ni siquiera deseo de que los hubiese, ni añoranza de que alguna vez los hubiera". "Dios es ajeno al mundo". Y las iluminaciones no pasaban de alucinaciones.
   
¿Dejó por eso la fiesta? "¡Qué va! la fiesta era todavía parte indispensable del camino, lo más fino y perfilado de la Vía. Yo bailaba lo necesario y después a lo principal".
   
El siquiatra Riofrío, consultado por un amigo de Pepelías, el Filoteo, había dictaminado un cuadro esquizoide: el sujeto  concebía ideas ilusorias, se sentía lo máximo. Y seguramente tenía razón. Pero solo parcialmente. En ese obscuro final sin final de La Vía el viandante estaba por encima de la vulgaridad de lo cotidiano, de lo burgués, de lo mercantilista y fenicio; entre todo eso y la nada; en el centro de la realidad, "o sea en ninguna parte". De allí un aferrarse, de náufrago, a las últimas pocas cosas buenas de la vida.
   
Y, entonces, ¿el mensaje?
   
Pregunta fenicia: la gran literatura no termina en un prosaico mensaje; mejor, toda ella es mensaje. El que importa haber convivido con lo visceral de lo humano desde lo más simple a lo complejo; de lo al parecer epidérmico a lo hondo; del vagabundear bohemio por las noches de una ciudad hasta el frenesí de la fiesta, el baile y el placer sexual. De haber caminado por una Vía, que no era sino vía...


 Agosto del 2014


jueves, 9 de enero de 2014

LA VÍA NOCTURNA




Gracias a los amigos Paulina Altuna de Burke y Beat Burke, quienes invirtieron el valor total de la impresión, he podido publicar esta novela que me ha aportado placenteros días de creación y añoranza.

Paulina Altuna y Beat Burke, esposos que residen en Suiza son humanistas colaboradores con importantes expresiones de la cultura ecuatoriana. Ella es pintora y escultora de extraordinario valor, creadora infatigable. Ha mostrado su obra principalmente en Europa.  Beat un empresario humanista, con sensibilidad artística e inteligencia innovadora.  Mantienen Artemis Galerie Suisse a través de la cual han apoyado la labor de pintores ecuatorianos y latinoamericanos, han realizado exposiciones mixtas e itinerantes en Suiza, Bélgica, Perú. Han contado con determinado apoyo de las Naciones Unidas, pero ningún apoyo oficial del Estado Ecuatoriano.

Mi libro, que ellos generosamente auspiciaron, puede resumirse en la aventura interior de un personaje, José Elías Arcos, que hace el camino laberíntico de la bohemia en Quito desde finales de los años cincuentas y hasta finales de los sesentas. Este camino es el de la iniciación en niveles altos de humanismo que finalmente lo salvan en el paraíso de la felicidad que realmente buscaba.

El libro está bellamente editado, el impresor es Dn. Jorge Soto Mardones, bajo el sello editorial Ediciones Bernardo de Legarda, consta de 490 páginas y en cuya portada aparece un retrato dramático del personaje Gyo, ejecutado por Rita Merino.

La relación del medio nocturno y bohemio de Quito es amplio y será reconocido por quienes lo compartieron en la bohemia de ese tiempo.   Por el tema y los personajes será comprendido por ellos y también por las nuevas generaciones.

Reiterando mi agradecimiento a los amigos Paulina y Beat, recomiendo a amigos y no amigos la lectura de La Vía Nocturna, sé que a unos y otros no los dejará indiferentes.

Como a mis libros anteriores, auguro para la Vía una primera etapa de desidia, desconfianza y hasta de temor de nuestro medio cultural tan deficiente en la lectura y luego progresivas etapas de justo reconocimiento porque no será posible en el futuro entender los momentos sociales e históricos a los que aluden mis novelas sin el estudio de las mismas.  Auguro felices y fecundos momentos de lectura a la próxima y subsiguiente generación.

Nicolás Jiménez Mendoza